Hay que dejar algo claro: La La Land no es una historia de amor. Aunque la relación entre Mia y Sebastian es de vital importancia para el relato y sí es de un amor genuino, estamos ante una historia de pasión.

Hay algo que suele romantizarse mucho y, por consiguiente, solemos aterrizar mal en nuestra vida diaria. Si bien sabemos que para hacer realidad nuestros sueños se requieren sacrificios, es importante reconocer que hay situaciones, acciones o personas que en algún momento terminan convirtiéndose en un obstáculo para llegar a esta meta. Puede ser una amistad tóxica, puede ser un jefe abusivo, puede ser un familiar opresivo, o puede incluso ser tu propia pareja.

Desde su secuencia inicial, La La Land da todas las pistas de que eso es lo que ocurrirá con Mia y Sebastian, y tenemos que entender que esto no es malo, sino que simplemente así es como la vida y las relaciones funcionan. Muchos espectadores se dicen decepcionados al serles negado “un final feliz”, pero esto no es más que la simple proyección de sus propios deseos, o la frustración ante la costumbre de un desenlace endulzado y complaciente como a los que la industria y el mismo género ya nos tiene acostumbrados.

El final de La La Land, de hecho, sí es un final feliz, que además es coherente y encapsula el mensaje que desde la primera canción se presentó. Tanto Mia como Sebastian cumplieron lo que buscaban, aunque eso significara hacer sus vidas por separado. Piensen en cómo funcionan sus propias relaciones en la realidad, ¿en verdad les parece factible que estas personas detengan sus vidas durante 5 años sin tener la certeza de que vuelvan a encontrarse, y que, además, sigan siendo compatibles? Es un final ideal, pero no es lo que suele ocurrir si lo aterrizamos a la lógica de cómo funcionamos como seres humanos, y además sería incoherente con toda la historia y temáticas que La La Land nos expone.

Justo como lo menciona Keith, “¿Cómo vas a ser revolucionario si eres tan tradicionalista?. Te aferras al pasado, el jazz habla del futuro”. Evidentemente, esto no habla solo del jazz, sino que sirve para destacar el mensaje de que aferrarse a situaciones o personas del pasado no nos va a permitir avanzar hacia nuestro futuro. También describe algo que hace Damien Chazelle: mientras enaltece y rinde homenaje a los grandes musicales, revitaliza el género al tratarlo desde una perspectiva más contemporánea, más cerca de la realidad y lejos del inverosímil final ideal al que nos tienen acostumbrados estos títulos. Y al hacerlo, realza el que quizá es uno de los más importantes temas del filme: a pesar de que los sacrificios los han alejado de su relación, ambos consiguieron sus sueños, y su amor es tan auténtico que, dejando el egoísmo de lado, sienten genuina felicidad por el triunfo del otro.

La La Land y los tontos apasionados
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